11 feb. 2010

El locurón de un señor Monty Phyton


A tipos como Terry Guilliam en base a unas normas de seguridad elementales les deberían prohibir acercarse a menos de cincuenta metros de una computadora y a quinientos de un croma.

No sé hasta qué punto la muerte de Heath Ledger trastocaría los planes originales del Guilliam. No sé si el fallecimiento del actor desencadenó tal desbarajuste que los cambios llevados a cabo para continuar la historia sin la cara de su protagonista convirtió la cinta en la peli más caótica, parcheada y sin tino de la historia o si en realidad le sirvió a Guilliam para inducir a esos señores que todavía creen en el cine como un buen negocio a pensar que recuperar el dinero invertido después de tan mala noticia podría resultar de mal gusto.

De la película no se puede decir ni siquiera que es visualmente atractiva, los efectos 3D que en teoría son su punto fuerte a decir verdad no aspiran a ser mejor que los de cualquier videojuego para la play. Quizá se salve por algunos momentos gracias a la desconcertante carita de porcelana de Lily Cole y algún que otro de fotografía efectista y abigarrada puesta en escena. Todo lo demás fuegos de artificio que no levantarían de la boca ni el “oh” de un niño de tres años.

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