27 sept. 2011

Desfile de bostezos más allá de las dos horas de duración.


Riiiiing… riiiiing… riiiiing!!!

- Ehhh, ¿sí?
- Hola, hola, ¿Sean Penn?

- Sí, ehhh…
- Bien, hola, ¿te acuerdas de mí? soy Terrence
- Ehhh…

- Terrence Malick, hombre! El cineasta!
- Ehhh, sí, sí, claro, Terrence, ¿Qué tal todo? ¿Hace mucho que no…?
- Ya, es que he estado muy ocupado.
- Ehhh, claro, claro, ¿y qué tal todo?
- Bien, fenomenal, voy a rodar otra peli y quiero contar contigo.
- Ah qué bueno! Y qué tengo que hacer!

- Bah, poca cosa, tú solo tienes que poner cara de Sean Penn y ya está.
- Vale, vale, y me vais a pagar? Es que ando un poco justo últimamente.
- No te preocupes, he engañado a Brad Pitt para que me la produzca.

- Esto, y… bueno, pues ya me contarás en qué consiste el asunto…
- Nada, pasamos el jueves a recogerte te hacemos unos planitos y listo.
- Ok Terrence, hasta el jueves.
- Hasta el jueves chaval.

Clack! Tuu… tuu… tuu…

Supongo que no fue tan fácil, supongo que Terrence Malick le soltó un rollo de hora y cuarto al bueno de Sean Penn sobre la vida, la muerte, la madre que parió al universo y el sentido que tiene todo eso para cada uno de nosotros. Supongo que más o menos a la misma altura de este diálogo ficticio Sean Penn se convenció en el real del proyecto de Malick, más o menos a la altura de: vale, vale, ¿y me vais a pagar?

También supongo lo duro que tuvo que ser para un actor tan satisfecho de sí mismo como Sean Penn verse relegado a un plano secundario por un Brad Pitt poniendo cara de Brad Pitt y una ringlera de fotogramas supuestamente poéticos.

La poesía es un concepto muy discutido, ampliamente aceptado como lenguaje pero ordinariamente marginado a la interpretación de unos pocos. Me asusta que el establishment intelectual de medio mundo nos quiera vender El árbol de la vida como una obra maestra, no sé si tomarlo como un cándido síntoma de esnobismo ilustrado o si por el contrario el cine actual se encuentra tan escaso de una visión original y diferente que acoge como salvador a cualquiera que se atreva a saltarse la norma fundamental de la narración cinematográfica, véase sino el caso del triunfo de Isaki Lacuesta en el reciente certamen de San Sebastian. No discuto que las imágenes que nos ofrece Malick en esta película sean poéticas, pero lo que en absoluto voy a admitir es que el resultado sea poesía ni una obra de arte. La belleza por sí misma no configura el arte, forma parte de él, y en ocasiones, pero no lo instituye. Cada campo artístico dispone de sus propias leyes, así como en la pintura es la imagen la raíz y el marco de la idea, en el cine, y digo cine y no videoarte o spots publicitarios, es la narración la que valiéndose de las imágenes comunica el mensaje del artista y el valor de la obra. Y reitero, cine, el cine como lo concebimos hoy por hoy, películas entre los noventa minutos y las dos horas de duración que son las que vamos a ver a las salas. Si el señor Terrence quiere saltarse esta norma me parece muy bien, pero que comprenda que si cambia las reglas también debe cambiar el formato, un servidor no entra en una librería y compra el primer libro de poesía de seiscientas páginas que encuentra pero no tiene problemas de hacerlo si se trata de una novela. Lenguajes diferentes, diferentes hechuras. Justo lo que al parecer Malick no ha entendido o se ha empeñado en no ver. Después de los primeros treinta minutos si se continua visionando El árbol de la vida es más por compromiso estético que porque realmente tenga algún interés. Tanto la proposición metafísica de la cinta como la dicotomía simbólica de los personajes del padre y la madre resultan hueras y pretenciosas, no dicen más que lo que uno ya sabe, lo que uno ya ha escuchado y visto en miles de historias. Y si a esto se le añade un panteísmo barato, un conglomerado escenas de desmedido lirismo, una estructura irregular e impresionista y unos personajes definidos emocionalmente en base de la anécdota y no de una historia el resultado nos traslada a un desfile de bostezos más allá de las dos horas de duración.

Y que conste que la narración cinematográfica no tiene porque estar reñida con lo poético ni tiene porqué reducirse a la estructura convencional que se utiliza generalmente. Si no ahí están los films de Tarkovsky, Kieslowski, Béla Tarr, Kiarostami, Resnais, Pasolini, etc. para comprobarlo.